Carlos Alsina

 

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Soy una persona de teatro de la periferia. Tal definición no tiene como objeto escribir sobre mí sino reflexionar sobre la relación entre la creación artística y el contexto en el que esta se produce. Es la pasión la que mueve a una persona de teatro. Su inclaudicable vocación por expresar su interior y su interpretación del mundo resiste cualquier “Katrina”. Y de esos y peores vendavales conocemos los argentinos en general y los tucumanos en particular. Es la pasión la que ayuda a un hombre de teatro a alejarse de la frivolidad del mundo del “espectáculo” y define, no sólo su persona, sino también su rol social. El teatro genuino (aquel que busca no repetir modelos) que practicamos en esta región del mundo es sencillamente (bella palabra) artesanal. No estamos en Broadway. Menos mal. Y es patético verificar que algunos lo intentan. Quienes hacemos teatro sabemos que accionar no significa necesariamente moverse. Un naufrago que no conoce cual es la orilla más cercana puede nadar (moverse) sin dirección y es probable que termine por cansarse y sucumbir. En cambio, si sabe hacia adonde ir, su nadar será una acción. Tendrá una finalidad determinada. Quizás, para llegar, sea necesario descansar y haga “la plancha”; no moverse, y eso también, para el teatro, es una acción porque lo acerca al objetivo. Me pregunto, como un naufrago, ¿adónde está “la orilla más cercana” en esta realidad tucumana (que parece ser la vanguardia negativa de la nacional) que me permita pisar en firme? ¿Qué es este Océano de aguas pastosas en donde hasta los vientos se traicionan? ¿Nado hacia la “Ciudad Luz” que arde más que nunca incendiada por la ola que se supieron conseguir? ¿Allí estará la “salvación”? ¿Hago “la plancha” y dejo que la corriente me transporte? ¿Hacia adónde voy, entonces? o ¿Busco una costa propia que intuyo y que todavía no diviso? He vivido quince años trabajando entre Europa y Latinoamérica y lo que más me sorprende todavía, cuando regreso de alguno de mis viajes, es escuchar: “¿Qué vas hacer aquí? Todo está podrido, es mejor quedarse allá” Y me siento, por un instante, como un naufrago que se equivocó de puerto. Luego razono y, pasionalmente, me convenzo que, en esta periferia oxidada, las flores todavía crecen entre el barro y los pelos, y que los canteros cuidados de Suiza esconden la sociedad más represiva que conozco: esa que inmoviliza y anestesia a las personas con el opio del consumo y la ceguera de no ver que en Ginebra conviven la sede de la “Cruz Roja” y el tráfico de armas y dinero sucio más desarrollado del planeta. Busco la fisura por la cual pueda sumergirme en nuestras aguas y me doy cuenta que, afortunadamente, no hemos llegado a tal nivel de sofisticación. Nuestras grietas son más gruesas y por ellas podríamos ver con más facilidad debajo del agua. Porque de eso se trata. Alguna ventaja tiene que tener ser de la periferia de este mundo y resistir a la succión del “embudo” ¡Y tantos quieren ser succionados! ¡Se pelean por un asiento en el avión! Todavía el negocio de los espejitos funciona. Me entristece ver a quienes quieren verse “lindos” reflejados en los espejos del Imperio. Mi naufrago piensa que todas las luchas son interiores y que los músculos son las correas del alma. Aquí, adentro, se juega el partido. Se me derraman dos palabras: resistencia y dignidad. Entonces sigo nadando al ritmo de esa música y con ojos clavados en esa orilla que, aunque todavía no vea, sé que existe. Y, menos mal, no nado solo.

Carlos Alsina.

 

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