Carlos Alsina

 

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“EMBUDO CONTRA PERIFERIA” U OTRA MANERA DE OPONER “CULTURA CRITICA CONTRA LA CULTURA ÁCRITICA” (1)

El título de este artículo tiene que ver con el rol, con la posición o el lugar, desde el cual una persona de teatro produce ese hecho que algunos califican como fugaz y que yo, humildemente, me permito poner en duda: una potente imagen teatral, o una hermosa réplica poética, pueden tener la virtud de permanecer en la cabeza de un espectador durante toda su vida.

El planeta se ha convertido, por los avances tecnológicos de los medios de comunicación e información, en una pequeña naranja, imagen metafórica que el error histórico atribuye a Cristóbal Colón quien, en realidad, no ejemplificó así a los Reyes Católicos la forma de nuestro mundo, sino lo comparó con “la teta de una mujer cuyo pezón es la parte más alta y está más cerca del cielo”(2).

Idea me parece mucho más tentadora que la del famoso citrus con vitamina “C”.

Pienso, aunque creo ser una persona muy proclive al humano rito de la equivocación, haber tenido la suerte de ir escribiendo mi propia vida y mi propio quehacer teatral a través de la experiencia concreta de la práctica escénica y no sólo de la formación académica o universitaria como también así, de haber recibido de los más variados y diversos actores, maestros, directores y docentes, sus conocimientos. Éstos me fueron posibilitando caminar con cierta libertad y curiosidad por esta profesión de hombre de teatro. Aprendí más de ellos, a través de la DEMOSTRACIÓN de un procedimiento técnico objetivo- volveré sobre este concepto más adelante- que de MOSTRAR sus propias experiencias como teatristas.

Creo en cierta objetividad del procedimiento técnico, ya que he podido constatar, parafraseando ya no recuerdo a quien, que “en la vida se puede mentir, pero en el teatro, no”. Y esa verdad no le compete sólo al realismo, sino a los más diversos estilos teatrales, pues cada uno posee su particular sentido de verosimilitud.

A pesar de haber vivido más de diez años en Europa, y en otros países como el Brasil, por ejemplo, he asumido mi condición de hombre de teatro de la periferia. Y he regresado a mi lugar natal, Tucumán, quizás para sentir el calorcito que provoca estar sentado en las cornisas del Infierno. Ya no sé por cuanto tiempo deberé expiar, parece, tantos pecados cometidos.

Puedo asegurar que, comparada con Tucumán, Macondo es Ginebra.

Me defino como un hombre de teatro de la periferia. Simplemente porque la contradicción histórica fundamental de la civilización humana, a todo nivel: político, económico y cultural (en sentido amplio) y a pesar de las modas, de las “vanguardias”, y de los enamorados de su propio ombligo, sigue siendo entre el Poder central, o el EMBUDO y la PERIFERIA.

Lo que yo llamo EMBUDO está representado por los Países del llamado Primer Mundo, las grandes empresas multinacionales y sus organismos acólitos o las grandes ciudades que fagocitan a sus propios países.

La PERIFERIA es el lugar en donde existen esos oxidados rincones que luchan y resisten para, simplemente, sobrevivir con dignidad, palabra que no escribo con ligereza ya que muchos habitantes de la misma periferia han sido conquistados por lo que les ofrecen los espejitos encantados del EMBUDO.

El EMBUDO succiona. La PERIFERIA es succionada.

El EMBUDO nos soborna con el bienestar conquistado en base al sudor de los latinoamericanos, de los africanos, de los asiáticos, y hasta nos hace reflejarnos en su propio espejo para mostrarnos cuál es el modelo a seguir. “La civilización” es esa. No habría otra posible.

¡Y hay tantos que habitan en la PERIFERIA que anhelan verse tan “lindos” como el espejo reclama!

Hay, entonces, una profunda, terrible, cruenta y despiadada lucha cultural entre el EMBUDO y la PERIFERIA, a la cual quisiera, permitiéndoseme la ingenua licencia, calificar como sinónimo de RESISTENCIA.

O nos succionan, o mantenemos nuestro lugar en el mundo que, es obvio decirlo, no sólo se trata un lugar geográfico, sino una actitud ante la vida, ante esta contradictoria especie llamada humana, y también ante la muerte.

Tal resistencia se expresa también en el arte y aquí me gustaría detenerme en la otra parte del título que daría sentido a esta ponencia: “Cultura crítica contra Cultura ácrítica”.

No soy muy amigo de las simplificaciones expresadas en frases altisonantes pero hay algunas que sintetizan con exactitud posiciones contradictorias, porque no pienso que la contradicción fundamental de este momento histórico sea entre “Cultura nacional vs. Cultura extranjera” o “Cultura Popular vs. Cultura de élite”, como se suele plantear.

No.

La “cultura nacional” no creo que se construya haciendo una apología de posiciones nacionalistas o chauvinistas. Sería, a esta altura del acontecer histórico algo absurdo, limitado y falsamente opositor. La cultura y el arte de las otras culturas deberían enriquecer la construcción de nuestra identidad. Pero sin dejarnos fagocitar, claro.

El escritor brasileño Oswald de Andrade, ya en 1922. en su “Manifiesto sobre la Antropofagia cultural” desarrolla una idea interesante: dice que nosotros, pueblos más jóvenes, debemos deglutir todo lo que nos sirva de las otras culturas y hacer nuestra propia digestión. Es decir: construir nuestra identidad y nuestro propio modelo aprovechando lo que nos sirve y desechando lo que no. Y yo adhiero a esa idea.

Creo que los modelos que se repiten, a medida que más lo hacen, más se degradan.

La misma obra de teatro escrita por un inglés, por ejemplo, y representada exactamente igual (en el caso de los musicales, ello es más que frecuente) en la Argentina, se transforma en algo patético en la medida en que se aleja de su creación y de lo genuino.

Lo mismo sucedería si se intentara, en Londres, representar una obra escrita y escenificada en la localidad tucumana de Lules exactamente igual que en su lugar de origen.

Porque, claro, de lo que se trata es de construir un modelo propio. En el caso del teatro, de un teatro propio.

Siempre habrá una relectura, menos mal, de las obras de teatro.

Cuando decimos la frase “cultura popular” muchas veces caemos en el error de pensar que debe tratarse de algo simple y fácilmente “comprensible”. Algo que no “rompa” con lo reconocible, con el modelo dominante que es el que impone ese conjunto de basura que se denomina “industria cultural”, es decir, aquello pensado sólo para ser consumido por la mayor cantidad de gente sin importar que sea artístico o no.

Se trata de vender lo más posible a un mercado lo más unificado posible.

Me pregunto por qué esa falsa denominación que llamamos “pueblo” o “popular” (denominación no muy precisa ya que quienes lo componen poseen intereses a veces muy contradictorios entre sí)no debería tener acceso a una obra de Bach o de Shakespeare, por ejemplo. ¿Quién dice que ellas no serían “comprensibles”?

Utilizo mal la palabra “comprensible”. No se trata de comprender sólo en el arte. Se trata también de sentir e imaginar.

Un pianista amigo, Miguel Ángel Estrella, me contó que, una vez, un habitante de los valles calchaquíes que nunca había oído la música de Bach, le comentó al terminar un concierto en Tafí del Valle: “Esa música es tan linda que no se parece a nada”.

¡Perfecto!

¡Que maravillosa síntesis a la que llegó ese “ignorante” hombre de la periferia!

Entonces, a mi criterio, estas contradicciones entre “Cultura nacional vs. Cultura extranjera” o “Cultura popular vs. Cultura de élite” son engañosas, sino falsas.

¿Por qué, entonces, afirmo que la verdadera oposición es entre Cultura Crítica vs. Cultura acrítica?

Tato Pavlovsky acuñó una interesante frase: “Cuando se comienza a perder la función crítica desde la cultura, se empieza a perder la ética silenciosamente”.

¿Y en qué consistiría una cultura crítica, entonces?

Consistiría en rechazar conceptos como los de falso “provincialismo”, para quienes bastaría ponerse un poncho y tocar el bombo para ser un gaucho argentino. O los del “cholulismo”, para el cual basta que sea de afuera o famoso para que sea bello.

Consistiría en rechazar la mistificación de la denominada “demanda popular”: “Es que lo negros quieren eso” solemos escuchar con impiadosa vulgaridad.

Consistiría en proponer, casualmente, una actitud crítica sobre las propias demandas de la población y redefinir los símbolos, los valores, las ideas y los comportamientos institucionalizados para afianzar la apropiación de la memoria como el bien básico y esencial que ayuda a la construcción de una identidad auténticamente nuestra.

Para acercarnos al plano teatral, la cultura crítica entendería al destinatario de un trabajo escénico no como a un receptor pasivo sino como a un sujeto capaz de reflexionar y de accionar.

Apuesta a la capacidad transformadora del arte sobre la realidad.

Apuesta a construir otras realidades que provoquen, inevitablemente, una sentida reflexión y comparación con la pobreza espiritual a la que la “Industria Cultural” quiere reducirnos.

La cultura crítica no es un remedo del realismo socialista, a la Zdanov, stalinista, a quienes muchos “progresistas” argentinos supieron adherir en sus años mozos y que después, los golpes de la realidad y la caída de los muros, los llevaron a serias autocríticas y, a veces, a saludar, incoherentemente, las modas posmodernistas de los 80 y los 90.

La cultura crítica no controla ideológicamente, ni repele ninguna forma de expresión artística, así sea el mismo fenómeno posmoderno que citaba antes. Respeta la pluralidad de expresión y pretende herir al espectador de belleza.

Claro, lo que pasa es que la belleza necesariamente se opone a este sistema.

Porque la belleza, como producto humano, es contradicción.

Porque la belleza, que es armonía, establece un equilibrio de contradicciones.

Es impura. Bellamente impura. ¡Menos mal!

Edoardo De Filippo, el gran dramaturgo y actor napolitano, contaba que él representó el papel de Hamlet con bigotes. ¡Y se los ponía torcidos a propósito para que se viera que el teatro es un arte impuro, una mezcla de orden y caos, una mixtura de flores con pelos!

¡Que aburrido es lo perfecto, digo yo! Y eso que no conozco la perfección.

Pero si llegara a conocerla creo que escaparía espantado porque significaría que ya no soy un hombre.

Nuestro querido Borges, bueno...querido para algunos y para algunos peronistas no, decía con su modo simple y bello: “el placer estético es la inmediatez de una revelación no revelada”.

Es que esa “revelación no revelada” pone en discusión, en esencia, lo esperable, el denominado “sentido común”, lo ya conocido, lo previsible y obvio. Y no todo es obvio.

No hay otra posibilidad de construir nuestra identidad que ponernos en discusión.

“Estoy de acuerdo con el mundo sólo si estoy en desacuerdo conmigo mismo”, alguien escribió con sabiduría.

Volviendo a la PERIFERIA quiero decirles que mi aspiración mayor como hombre de teatro es hacer mi oficio desde allí.

Y repito que no se trata sólo de un lugar geográfico, se trata de resistir sabiendo a quienes nos oponemos y contra cual tribu de caníbales nos enfrentamos.

Porque, no seamos ingenuos, para alguna tribu de caníbales, al menos, somos carne fresca para saborear.

Una de las tantas formas de la resistencia es el lenguaje, la palabra.

Creo que tenemos que detenernos a reflexionar sobre el valor ACTUAL que, para nosotros, posee la palabra en el teatro.

Años antes que Europa se unificara con una moneda única, los distintos teatros europeos volvieron al teatro de texto, a la palabra.

¿Por qué?

Porque, más allá que la unificación europea pueda traer o no ventajas para el bienestar de esa cultura, el teatro vivo, vital, ese que se suele anticipar a la realidad, necesitó que cada nación afirmara su propia personalidad a través de la defensa de la propia lengua.

Así el teatro de imagen, por ejemplo, pasó a un segundo plano.

Nosotros, desde la dramaturgia, principalmente creo, y también desde los demás aspectos de la creación teatral, deberíamos tratar de preservar nuestra lengua que, o se empobrece por acción de la llamada “Industria Cultural” que tiende a unificarlo todo, o se ve fagocitada por la intromisión de otros idiomas.

Podemos pasarnos el día enumerando palabras que antes denominaban no sólo cosas u objetos en español, sino también sentimientos y sensaciones.

Quizás estás palabras les parezca a algunos un poco “down”. O tal vez, para muchos, yo esté “re-out”. O para otros estaré “in” o seré “cool”.

Pero, repito, no se trata de una posición chauvinista, nacionalista ni regionalista.

En mi propia creación dramatúrgica he escrito siempre pensando desde la periferia, intentándolo hacer de una manera critica y, claro, cuando pongo una obra mía en Tucumán, mis personajes hablan como hablamos los tucumanos, con este acento. Sin embargo, algunas de mis obras se han representado en distintos lugares del mundo y creo que, afortunadamente, “llegaron” igual al espectador, aunque los actores hablaran en italiano con acento romano.

Es un momento de contar, además, nuestras historias. Nuestras grandes o pequeñas historias.

¡Argentina es un caso tan particular! Tenemos la desgracia de pertenecer a Buenos Aires por lo cual el teatro de las diversas regiones no sólo debe construirse a partir de un proceso de resistencia a otras culturas más lejanas, sino también a una cultura portuaria que, ¡por favor, se me entienda bien! sin querer volver a la estupidez de la oposición “Federales-Unitarios”, sí impone su propio modelo y su propia estética. Que, a veces, es una mortal repetición de los modelos europeos.

Los brasileños, al menos, tienen más opciones, o San Pablo o Río como grandes ciudades, pero si queremos hablar o sentir música y cultura brasileña no podemos no pensar en Bahía.

Claro que no hablo de lo “For export”, digo...de lo hecho para los turistas.

Borges decía: “Los argentinos somos europeos en el exilio”.

Y, para nuestra desgracia o nuestra muy lejana felicidad, tenía razón, pero creo que se refería más al habitante del Río de la Plata. Un jujeño, por ejemplo, está más cerca, como identidad cultural, al Perú, que a un habitante de La Recoleta.

En cuanto al teatro de imagen, aquel que pone más el acento en la formulación de una imagen bella y armoniosa que en el texto hablado, me parece que no escapa a lo que he expresado respecto a la palabra.

Dice Juan Acha, el esteta mejicano preocupado por reflexionar sobre las características del arte latinoamericano, que el sentido de la vista es el más permeable a la conquista de una civilización por otra. Y que el del gusto es el más resistente.

Creo que no está tan errado. Así, en la Puna argentina, podemos ver a un coya vestido con una camiseta con la esfinge de Micheal Jakcson pero cuando cocina y come lo hace según su propia cultura colocándole, por ejemplo, mucho picante a la comida. O en Italia, país famoso por la diversidad de sus cocinas regionales, ¡cuánto le cuesta a Mac Donald’s hacer pié entre los italianos, muchos de los cuales, por otra parte, se desviven por viajar a E.E.UU. y parecerse a los norteamericanos!

La potencia de la imagen ha transformado de tal modo la relación del hombre con el mundo que, para quienes viven en las ciudades, por ejemplo, hay cosas de la realidad que son vistas en la televisión antes que en la vida. Siempre y cuando la vida les permita mirarlas, excepcionalmente, en directo, en algún día especial. Es decir que “el mundo de la imagen” ha condicionado la realidad o ha formado una nueva realidad aparente y “anterior” a la misma realidad y se ha convertido en una capa más de las muchas que ocultan los mecanismos esenciales.

Por ello el teatro de imagen crítico, que aspire a desarrollar una poética propia y genuina, no debe perder de vista la importancia y la sutileza del oponente.

La imagen también es textualidad, obviamente. Deberíamos reflexionar, también en este caso, sobre esa “inmersión” que significa “pelar la cebolla” y encontrar su corazón. O mejor dicho, el nuestro.

He definido al teatro como “arqueología del presente”. Como el exhumar lo que está oculto y sacarlo a la luz. Es reveladora la frase de Carlos Marx: “Toda ciencia sería superflua si la apariencia y la esencia de las cosas coincidieran inmediatamente”. ¿Qué se investigaría, entonces, si ya todo flota sobre la superficie de los fenómenos?

En el arte ocurre algo similar. Es necesario un equipo de inmersión.

La técnica, tan relacionada con la poética, no es tampoco un campo neutral en esta lucha ideológica. Detrás del modo en que construimos técnicamente una situación teatral, se “esconde” una posición ante el mundo, aunque ella no sea consciente por sus hacedores.

Es claro que, en el “modo de producción” de una obra teatral (no me refiero a los medios económicos para hacerla posible, que sería otra cuestión también interesante para reflexionar, sino al procedimiento técnico concreto utilizado y a las relaciones de poder entre las personas que se establecen durante ese proceso) hay una ideología que condiciona tanto el objeto creado como la posibilidad, o no, de que cada participante se objetive o se aliene en ese camino. Y eso es crucial ya que el arte se alza como una fortaleza de lo humano a preservar en estos oscuros tiempos inhumanos.

No sólo la técnica, claro, está coloreada por la ideología, sino también la poética, siamesas que, a veces, en el campo pedagógico solemos separar para estudiarlas mejor, pero que son inseparables hermanas.

En la misma estructura dramatúrgica de un texto teatral está, en realidad, su posición ideológica y su rechazo a otras posibilidades. Está allí más aún que en lo que se declama. En la misma puesta en escena, esa intertextualidad cocida por alguien a quien llamamos director, está la ideología. En el trabajo del actor, ese enamorado del presente que es el verdadero poeta del teatro, hierven las contradicciones de este mundo en el cual hemos sido arrojados a vivir y al cual no podemos más que mirar con un telescopio que nos permita cuestionarlo y un microscopio que nos deje intuir los más recónditos y contradictorios pliegues del alma.

Creo que el único dogma posible en el teatro es que no haya ningún dogma.

SI que haya lucidez, para intentar ver con nuestros propios ojos, y no con ojos alquilados, las verdaderas contradicciones que nos circundan y nos condicionan.

No nos asustemos.

Los muros, incluso los invisibles, han sido cuidadosamente construidos para ser minuciosamente derribados.

Carlos Alsina.

Notas:

(1) Estudio expuesto como ponencia en el II Coloquio Internacional de Teatrología de la Univ. Nacional de Centro, en 2004, realizado en Tandil

(2) Carta del Almirante a la Reina Isabel (¿la católica?). Citado por Felipe Pigna en “Los mitos de la historia argentina”. Grupo Editorial Norma. Bs. As. 2004.

 

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